martes, 6 de octubre de 2009

EL POPULAR CHA CHÁ


El dilema que tenemos las madres hoy en día es muy shakesperiano: pegar o no pegar a nuestros hijos. Nuestras abuelas y nuestras madres por supuesto no tenían ninguuuna duda al respecto. Cualquier travesura o metida de pata era inmediatamente respondida con una paliza que variaba según la gravedad de nuestro “delito”.

Mi mamá, que con sus 7 hermanos formaban una patota cabezudísima, siempre me cuenta como mi abuela los amoldaba. Cómo era una mujer devota, los hacía arrodillarse a los siete enanos por horas frente al sagrado corazón que tenía en la casa, pidiendo perdón por lo que habían hecho hasta que sus rodillas quedasen tan planas como el piso. Por supuesto que este era el más leve de los castigos.

En la época de nuestras abuelitas era común que cualquier grosería o falta de respeto fuese respondida inmediatamente con una lavada de boca con agua y jabón. Si los niños rompían el silencio de la siesta o entraban en sus fases de demonios de Tasmania saltando y armando trifurcas se les aplicaba el popular “estate quieto”. Los niños ya ligaban sonoramente antes de que sus madres terminasen de decir “estate…”. Medio sádicas nuestras abuelitas, ¿no?

Cuando yo era chica, el cintarazo era toda una institución. Nuestros padres no se preocupaban en explicarnos por horas las consecuencias de nuestros actos y sin moralejas ni sermones teníamos la lección aprendidísima. Era tan efectivo que ni siquiera tenían que pegarnos a menudo, ya que tras ligar una vez el cintarazo, para la próxima vez bastaba que amagasen quitarse el cinto con gesto amenazador y santo remedio. Por supuesto que en público se contenían pero igual no nos salvábamos de un discreto pero doloroso pinchazo bajo la mesa cuando nos hacíamos los zarpaditos.

Hoy en día nuestros hijos ya no saben lo que es ligar una paliza. Las correcciones físicas son consideradas salvajadas y una puede hasta ser linchada por una patota de madres escandalizadas con tan solo hacer un gesto amenazante a sus hijos. La verdad es que en mi casa aún se respeta la institución del chachá. Yo soy de la vieja escuela y no dudo a la hora de darle una merecida nalgada a mi mini tropa de patoteras cuando se pasan de la raya. Mi deducción es bien sencilla, yo sobreviví a nalgadas, cintarazos, zapatillazos y cuantos “azos” utilizó mi madre para reprenderme y salí bastante sanita. Un chachá bien merecido y de esos que duelen más en el orgullo que en la colita, no hace mal a nadie. Por supuesto que el chachá es la última instancia a la que recurro, ya cuando la amenaza entró por un oído y salió por el otro y cuando el castigo no sirvió de lección. A la tercera la vencida… cuando ya fallan todas las técnicas psico pedagógicas, solo queda recurrir a la anticuada pero efectiva institución del chachá.

Pero no todas las madres pensamos iguales. Hay mamás que no levantan ni la voz cuando sus hijos hacen salvajadas. Nunca voy a olvidar lo impotente que me sentí la vez que Paulina fue agredida por un pequeño sociópata en un cumpleaños. No se de donde sacó el niño en cuestión un palo con el cual atacó a mi gordita. Cuando escuché sus gritos corrí gritando a socorrerla. La madre del pequeño Jason Voorhees también corrió a frenarlo. ¿Y cuál fue la reacción de la madre? Le sacó la guacha y con una voz reconfortante y como si lo que acababa de hacer era lo más normal del mundo le dijo: “papito, no tenés que pegarle a la nena.” Yo la miré con ojos de huevo frito mientras abrazaba a mi gorda que tenía 3 marcas al rojo vivo en sus piernas y lloraba desconsoladamente. Por supuesto no pude contener mi genio e indignada le grité a la madre: “¡Que papito ni que nada. Por Dios CORREGILE a tu hijo…. ¡ES UN SALVAJE!”

Esperé en vano a que la madre tome cartas en el asunto. Como se ofendió por lo que le dije ni se molestó en pedir disculpas y ella sique se marchó indignada con su “papito”. Les juro que me dieron ganas de estirarle la oreja, darle un zapatillazo… no se… aaalgo para que APRENDA. ¡A él y a la madre! Como va a aprender un niño así de violento si todo se le perdona y queda en lo anecdótico. Hizo lo que hizo no porque lo ve en la tele, sino porque se lo permiten y porque nadie le corrige.

jueves, 6 de agosto de 2009

Tecno niños

¡Como cambian los tiempos! Cuando yo era niña recuerdo que todo era más lento, sobre todo la tecnología, que tardaba muchísimo en renovarse. La primera gran invención que recuerdo de niña allá por los 80’s fue la llegada del video. A fines de los 80’s surgió la novedad de los CD’s y luego, muchísimos años después, cuando yo ya era adolescente, llegó el cable. Hoy en día parece como que cada segundo aparece algo nuevo. Para cuando aprendemos a usar algo resulta que ya es obsoleto.

Esta constante renovación tecnológica hace que ya nada nos sorprenda. Aquellas cosas que de niños nos parecían de ciencia ficción, como los teléfonos con pantalla ahora son tan comunes como el agua. Mis hijas ya nacieron inmersas en la tecnología. Ellas nacieron en el siglo XXI. Ellas no conocieron un mundo sin celulares, cable, internet y computadoras.

Conversando esta mañana con Paulina le conté como era ese mundo. Me miraba con ojos de huevo frito y con un asombro infinito me dijo: “¡¿La tele solo tenía TRES canales?! Yo le contesté que si, y que en cima para cambiarlos teníamos que girar una especie de dial. Ahí ya con lástima me dijo: ¿pero mami, entonces cada vez que querías cambiar de canal tenías que LEVANTARTE?” A ella no le sorprendía la tecnología, sino la falta de tecnología.

Nuestra pequeña conversación me hizo recordar algo muy gracioso que sucedió unos meses atrás. Fuimos a visitar por su cumpleaños a mi abuela, que por supuesto nunca se ha amigado con la tecnología, y mantiene intacto todos los artilugios retro de su época. Creo que lo único que logró aprender a usar es el control remoto. Pero hasta cambiar la temperatura del aire acondicionado es un misterio para ella. Después de merendar le dije a Paulina que vaya a la sala y le llame a su papá a casa ya que nos tenía que buscar y yo me había olvidado el celular para variar. Desde la sala me gritó: “¡Maaaami, el teléfono de Lela no aaaaanda!” Cuando llegué a la sala para ver cual era el problema, la encontré tratando de apretar los números del dial, por supuesto sin éxito. ¡La pobre jamás había visto un teléfono a dial y no tenía la más pálida idea de cómo usarlo! No pude contener la risa. Un teléfono ochentoso de tecnología arcaica la había descolocado. Era la primera vez que la tecnología (en este caso de otras épocas) la superaba.

En realidad, el caso siempre es el contrario. Es impresionante la facilidad con la que se familiarizan con todos los artefactos de la casa. Paulina me dejó con la boca abierta cuando teniendo apenas 1 año y medio se sentó frente a la computadora y empezó a mover el mouse como toda una experta. Fernanda ya prendía la tele y ponía sola sus DVDs a los 2 años… y quien sabe con que me sorprenderá Julieta que acaba de cumplir 1 año.

Paulina me da mucha gracia. Ella que es tan ocurrente siempre me pregunta cosas como ¿Por qué no inventaron un cohete que llegue hasta Saturno? o ¿Cuándo van a inventar el tele- transportador? A ella no le asombran las cosas que a nosotros nos impresionó ver materializarse en este siglo… a ella lo que le llama la atención es todo aquello que aún queda por inventar y no logra entender porque TODAVÍA no lo inventaron.

Asimilan todo rapidísimo. Le mostrás una vez como funciona algo y luego van descubriendo el resto solitas. Al final, resulta que ellas terminan dominando más lo que le enseñaste que vos misma. A veces hasta me picha! No puede ser pues que tu hija de 8 años te tenga que explicar como usar el bluetooth de tu celular con el que venís luchando desde hace meses!! Peo bueno, al fin y al cabo es comprensible, somos de siglos distintos, nosotras las madres somos, aunque nos cueste admitirlo, del siglo pasado y nuestras hijas ya son de un nuevo siglo!!!

¡Alerta! Epidemia Embarazosa


No se si se dieron cuenta de que la verdadera epidemia de este invierno son los embarazos. Amiga con la que hablo me cuenta que está esperando. ¡Parece que se pusieron de acuerdo todas para hacer el mama club juntas! Hay épocas en las que esto sucede. Al menos así me parece a mí… como si se tratara de un ciclo hormonal… o tal vez sea el agua (como dice una amiga mía gringa que está convencida que nosotras, las paraguayas somos las mujeres más fértiles del planeta).


Para las que ya cubrimos nuestros cupos de embarazos, estas épocas resultan un poco preocupantes. Porque los embarazos son un poco contagiosos y que nadie diga lo contrario. Ver a tantas mujeres radiantes, luciendo sus panzas orgullosas, inmediatamente activa nuestro traicionero instinto maternal. Ahí nomás empezás a tocarte la panza mientras soñás despierta imaginándote lo lindo que sería tener otro bebecito amoroso y sonriente.


Lo cierto es que yo por las dudas estoy ultimando precauciones. Estoy tan preocupada de no “contagiarme” con la epidemia que hasta estoy pensando en doblar mi dosis de anticonceptivos y si hace falta hasta ponerme un preservativo gigante al más puro estilo de “La Pistola Desnuda”. Yo me quedo con las tres nenas… por más que mi marido me sigue hinchando por el varoncito. En este momento, mis capacidades maternales ya no dan abasto. Es que cansan mucho los chicos, sobre todo hoy en día que tenemos que trabajar a la par que nuestros maridos, y hacerlo con pansa, náuseas y mareos no es para nada divertido. Mis motivaciones para no tener más hijos, son puramente prácticas, y tal vez hasta egoístas.


Sin embargo tengo amigas que alegan motivos mucho más dramáticos. A más de una ya le he escuchado decir: “no es el momento de traer niños al mundo… en el futuro van a haber muchas carencias…. Muchas epidemias, enfermedades, va faltar agua, todo va a estar contaminado, etc. etc.” Seguro ven demasiado de esos documentales espeluznantes que pintan un futuro terriblemente apocalíptico.


Pero igual las mujeres siguen procreando. Y no lo hacen por estar despreocupadas por el medio ambiente, ni porque su instinto maternal “egoísta” las lleva a anteponer sus deseos a ser madre a la preocupación por el futuro que les espera a sus hijos. Lo hacen por la sencilla razón de que saben que los niños son el futuro del mundo. Yo creo que en alguna de esas panzas que lucen orgullosas ahora mis amigas se están gestando grandes cerebros, que encontraran vacunas, solucionaran los problemas de polución y conciliaran la paz mundial. Nunca se sabe. Podría estar llegando el próximo Einstein, la próxima Madre Teresa o el próximo Gandhi… podría estar gestándose una semillita capaz de transformar al mundo.


Es que una panza es el depósito de miles de sueños e ilusiones que dan lugar a todo un universo de posibilidades y a los más bellos pensamientos. Las panzas son la materialización de la ternura. Dentro de ellas laten corazones, se acuna la inocencia más pura y se gestan no solo bebes sino también esperanza.

miércoles, 17 de junio de 2009

Ente Achús y Achíses

Llega el invierno y con él infaliblemente las gripes y los resfríos. ¡Que dolor de cabeza es para nosotras las madres! Lamentablemente casi nunca nos salvamos de la gripes, a pesar de que siempre prevemos esta época del año, atiborrándoles de vitamina C desde marzo y poniéndole las dichosas vacunas antigripales.


Este año, a pesar de haber seguido la tradición familiar de abrigarles a mis hijas como esquimales, tampoco me salvé de las gripes. Empezó Paulina que como ya va al cole es siempre la primera en agarrarse las gripes. Para cuando se curó ya se habían contagiado Fernanda y Julieta. Cuando finalmente se curaron ellas ya había recaído Paulina y nos sumamos a la lista la niñera y yo. Lo que pasó después ya se podrán imaginar: una interminable sucesión de achús y achíses. Por lo visto justo nos tocó la cepa de la gripe que no estaba en la lista de las 2000 cepas que cubría la vacuna.


Todo esto significó para mí varias noches en vela, tener que sacar fuerza de no se donde para levantarme en el medio de la noche, engripada y adolorida a repartir todas las dosis de medicamentos para cada una de las nenas y por supuesto someterles a innumerables sesiones de nebulización a pesar de sus pataletas. ¡Es que ODIAN la nebulización! Todas empiezan a llorar en coro ni bien me ven acercarme con la mascarilla. Pero con la que me siento una verdadera torturadora es con la pobrecita de Julieta, que a pesar de no tener ni un año todavía ya sabe hacer acto de rebeldía. Se retuerce como un gusanito, agitando la cabecita mientras intenta huir de mis garras. Y cuando finalmente logro ponerle la mascarilla, mi gordita escurridiza no me la hace más fácil. Ahí empieza a gritar como si la estuviera destripando, y yo tengo que sostener estoicamente la mascarilla y aguantarme sus dramáticos sollozos de víctima resignada.


Cuando yo era chica, no existían estos nebulizadores chiquitos. Eran unos aparatejos intimidantes unidos a unos tanques que parecían tanques de oxigeno para buzos gigantes. Debo admitir, que para la imaginación de un niño tenían cierto encanto espacial. No quedaba otra que ir a la farmacia varias veces al día para nebulizarse. Por supuesto que, igual que mis hijas, cada vez que veía la mascarilla, yo también armaba un escándalo digno de una tragedia griega, que solamente palidecía frente al que armaba cuando veía una jeringa.


Mi mamá, abuela metida como ella sola, por supuesto que ni bien se enteró de que las nenas estaban engripadas me “sugirió” que le ponga mentholatum antes de dormir. Ella está convencida que el mentholatum cura todo y que el secreto está en, según sus propias palabras: “friccionarles bien el pechito Y la espalda.” La verdad que el único ritual gripal que mis hijas ADORAN es que se les friccione el pechito…. Se relajan como si estuvieran en un SPA!! Igual, como buena contrera siempre le contesto a mamá: “En tu época puede ser que se curaba todo friccionándoles el pechito, pero los tiempos cambiaron.” Ahora las mamás tenemos que preocuparnos por la contaminación, alergias, virus mutantes y resistentes a los antibióticos, y por supuesto las plagas anuales, que este año nos tuvieron a mal traer.


¡Que psicosis gripal hubo! Y nosotras las madres, que parece que cobramos un sueldo por preocuparnos, ni bien escuchábamos estornudar a nuestros hijos y ya corríamos al doctor llorando y rezándole hasta al Dalai Lama para que no sea ni dengue ni fiebre porcina.


El año pasado fue el Dengue. Anduvimos meses apestando a Citronella y repelente. Este año se le sumó la gripe porcina y corrimos a agotar todos los geles desinfectantes de la farmacia y hasta nos pusimos mascarillas al más puro estilo Michael Jackson. Parece que cada año hay una nueva plaga y OTRO motivo más para preocuparnos…. ¡Cómo si nos faltaran!


Plagueos al margen, no dejo de agradecer a Dios por la salud de mis hijas. Por suerte la enfermedad de mis gorditas no fue más que una vulgar gripe. Tediosa sí, pero totalmente inofensiva. Igual no es nada lindo ver a nuestros hijos pasar un mal rato, quejándose por tener la nariz tapada, o porque la toz no les dejaba dormir o porque tienen que tomar el jarabe “guácala”.
Cada invierno me convierto en un ser malvado que las atosiga con inyecciones, jarabes, gotas en la nariz y nebulizaciones. Lo hacemos con dolor, porque no nos gusta ver sufrir a nuestros hijos, y también con cariño, porque lo único que queremos es que se sientan mejor.

miércoles, 20 de mayo de 2009

PADRES FABULOSOS


En mi columna siempre hablo de las madres y de todas las cosas que nos toca vivir. Pero por ser éste el mes del padre, he decidido dedicarle esta columna a todos los maravillosos padres que nos acompañan en la difícil tarea de educar y criar a nuestros hijos.

Yo tuve la bendición de tener un padre fabuloso. De esos que solo hay 1 en 1 millón (evidentemente esta aseveración es muy subjetiva, me imagino que todas las mujeres vemos a nuestros padres de esta manera). Él estaba muy presente en nuestra vida. Nos leía cuentos, nos llevaba al parque, nos contaba sus historias, nunca nos retaba ni nos pegaba y abrazarlo era lo máximo. En sus brazos me sentía totalmente protegida y feliz. Ahora ya no está conmigo pero lo recuerdo todos los días con el mismo amor y sigo sintiendo su presencia en mi corazón.

También mis hijas son afortunadas. Porque Eduardo es un padre excelente. Las hace reír, les enseña a descubrir el mundo y les enseña a no tener miedo y a animarse a probar cosas distintas. Por supuesto que yo también tuve muchísima suerte de que Eduardo no haya sido uno de esos padres que se niegan a cambiar pañales y a ayudar en la crianza de los niños. Porque verdaderamente hay muchos padres, que pueden ser Ingenieros Astrofísicos, pero a la hora de enfrentarse a cambiar un pañal hediondo, ponen cara de confundidos y afirman orondos que ellos “no entienden” a los pañales. Hay muchos padres frescos llenos de pretextos y protestas a la hora de compartir nuestras responsabilidades.

¡Por suerte Eduardo no resultó ser uno de esos Ingenieros poco ingeniosos sino todo lo contrario! Nunca voy a olvidar una vez que yo estaba re mal engripada en cama y las nenas tenían que ir a un cumple. Como yo no me sentía bien, él solito se las arregló para vestirlas y peinarlas. Pobrecitas, ¡estaban disfrazadas! Nada combinaba con nada, les puso vestido con champion y como no tenía idea como poner una gomita y mucho menos hacerles trenzas les puso una cantidad de hebillas en la cabeza. Pero igual yo me sentí tan agradecida ya que al menos hizo el esfuerzo. Eduardo se sentía tan orgulloso que no me dio el corazón para cambiarles a las nenas y así fueron, dos payasitas felices a divertirse al cumple de sus primitos.

Pero definitivamente quienes más ayuda reciben de Eduardo son nuestras tres hijas. El hecho de dedicarles tiempo y de estar siempre ahí para darles una mano les hace sentir seguras y felices. Paulina por ejemplo está convencida que su papá es un genio. La otra vez se le rompió uno de sus juguetes. Era un elefante a pila que caminaba y levantaba la trompa. Quedó hecho añicos, pero no me permitió tirarlo ya que estaba absolutamente segura que su papi iba a poder arreglarlo, y me replicó: “mi papi va a arreglar mi elefante porque mi papi es ingeniero.” Si, Eduardo es ingeniero…. pero agrónomo. De todas maneras ella está convencida que es la máxima autoridad en todo pues su padre nunca la defrauda. Por más de que le tome tiempo y le cueste mucho trabajo va a estar allí para poner todo su ingenio a la práctica y ayudarla a solucionar sus problemitas y convertirse en una personita feliz y segura. Al elefante lo arregló contra todo pronóstico y Paulina quedó encantada. Pero sobretodo, quedó feliz de que su papá estuvo allí para ayudarla.

Estoy segura que los padres saben que todo el tiempo que dedican a sus hijos contribuye a formarlos y a hacerlos sentir siempre protegidos. Por más que pase el tiempo, y surjan problemas más complicados que un elefante roto, problemas que ellos no puedan solucionar; sus brazos fuertes siempre estarán allí para sostenernos.

POR TUS VENAS CORRE MÁS QUE MI SANGRE… CORRE MI AMOR

Hace exactamente un año, le dedicaba mi columna del día de la madre a mi querida amiga María y a todas las “madres en potencia”, aquellas que tienen tanto amor en el corazón pero que no logran tener hijos. En ese momento, María estaba ya en pleno proceso de adopción. A través de ella, viví ese lento y angustiante proceso, en el cual el siempre elusivo sueño de ser madre parecía una meta distante y difícil de alcanzar.

Este año le vuelvo a dedicar mi columna, pero en otro carácter: ya como madre del corazón. Finalmente llegó una bendición a su hogar: un bebé hermoso y sanito que la ha convertido en la mujer más feliz del universo.

El milagro de ser madre te puede tocar cuando, tras 9 meses de espera, se produce el nacimiento tan anhelado; o tras varios años de espera, en el momento en que tomas en brazos por primera vez al bebito que adoptaste. En ambos casos, cuando lo miramos por primera vez, ese bebito tan chico e indefenso inmediatamente se apodera de nuestro corazón y nos transforma. Esa mirada y ese gesto tan natural de alzarlo en brazos basta para convertirte en madre.

Cuando le entregaron su bebé a María, sus brazos le temblaban de la emoción y no podía parar de llorar, exactamente como cualquier parturienta al recibir a su hijo. Y el sentimiento, ese amor que uno siente profundo en el corazón, es exactamente igual en las madres biológicas como en las madres adoptivas.

Nosotras, sus amigas, no lo podíamos creer. Estaba tan radiante como toda primeriza. ¡Tenía una sonrisa que le salía del alma! En un solo día su vida había cambiado totalmente. Ella no tuvo los 9 meses de preparación, en los que uno se va haciendo a la idea de que un bebé está por llegar y revolucionar nuestra existencia. No tuvo babyshowers previos para surtirle de todo lo que necesitaba. Pero se notaba que estaba preparada para este bebé, lo estaba esperando hace mucho más que 9 meses.

Por supuesto le hicimos un “post-baby shower” donde le conocimos al nuevo sobrinito. Una maravilla de bebé. Tan chiquitito y tierno, y tan cómodo en sus brazos. No les puedo explicar la emoción que sentí al verla así, de un día para otro, convertida en madre. Sabiendo lo mucho que ella había anhelado tener un hijo, los difíciles caminos que recorrió y los momentos dolorosos que pasó, ver este desenlace tan feliz y mágico fue verdaderamente una experiencia muy conmovedora.

Este 15 de mayo, mi amiga María se une por primera vez al club de las madres que celebramos el acto de amor que hacemos cada día. La felicito a ella y a todas las madres de corazón, que han hecho ese acto de entrega tan generoso y perfecto que es adoptar a un niño. Cómo admiro a las madres que abren su corazón de esa forma a un niño que no lleva su sangre, y lo hacen suyo entregándole todo su amor. Como decía la madre adoptiva de un amigo mío: “el no es mi hijo, es mucho más que mi hijo porque por sus venas no corre mi sangre, corre mi amor.”

viernes, 17 de abril de 2009

PEQUEÑAS TRAGEDIAS EMPLUMADAS….

Me imagino que a todos les habrá tocado recibir alguna vez un pollito de regalo. Yo todavía recuerdo a mi pollito Federico (que era el nombre de un galán de una telenovela de la época, allá por 1982). Me lo habían dado en el preescolar como sorpresita del cumpleaños de mi compañerito Marco. Fue tan importante para mí, que les puedo asegurar que es la única sorpresita que recuerdo hasta la fecha. ¡Como le quería a Federico! Como no teníamos perro, para mí se convirtió inmediatamente en una especie de cachorro emplumado. Me seguía por toda la casa y nos encantaba jugar a las persecuciones (al menos yo creía que nos encantaba a los dos, pero ahora estoy segura que me habrá encantado solo a mí). Yo le corría por todas partes…. Hasta que un buen día la persecución tuvo un dramático desenlace. El pobre Federico, cansado de la persecución, se refugió bajo el escalón de una escalera y cuando yo bajé corriendo eufórica tras mi pollito, terminó aplastado bajo mis sandalias. El prójimo terminó hecho un puré de pollo y yo entré en shock.

Este evento significó el primer contacto que tuve con la muerte. Por suerte, se trataba solo de la muerte de un pollito, pero era MI pollito y lo adoraba. Aún recuerdo el dolor que sentí ese día, en el que me convertí en la asesina culposa de mi propia mascota. Le hicimos un funeral en el patio y mi mamá intentó como pudo explicarme lo que era la muerte mientras yo no paraba de llorar. Con el tiempo me recuperé y esta historia pasó a integrar una de mis más memorables anécdotas de infancia.

Cuando Fernanda cumplió 3 años, se me ocurrió la brillante idea de regalar pollitos como sorpresitas. Los niños estaban felices y emocionadísimos, pero muchas mamás de la guarde me querían estrangular. Una de mis amigas me dijo: “¡Te voy a matar Vicky! ¡Tengo 2 perros!” A la semana me comentó que sus hijos ya habían tenido su “tragedia emplumada”… el pollito se convirtió en el almuerzo de sus perros.

Fernanda también tuvo su propia tragedia… pero por suerte jamás se enteró. Su pollito “Yellow”, sobrevivió una semana entera, a pesar de que nuestro caniche lo tenía marcado. En varias ocasiones tuve que salir corriendo al rescate, para sacárselo de la boca. La verdad es que Yellow, parecía McGyver; sobrevivía a todo. Pero a la semana, sin que yo me dé cuenta, Fernanda, en un acto de “cariño maternal” hacia su pollito, lo acostó al lado suyo en la cama.

Yo no me di cuenta hasta que fui a su cuarto antes de irme a dormir para ver si no estaba destapada. Al acomodarle las sábanas, Fernanda se dio vuelta y sácate…. Allí estaba Yellow totalmente apachurrado. Por suerte Fernanda estaba profundamente dormida. Esto me dio la oportunidad de deshacerme del cadáver sin que se dé cuenta. A la mañana siguiente empezaron sus preguntas y sus llantos. “¿Dónde está mi pollito mami?”

Yo le expliqué que su mami había venido a buscarle ya que estaba muy preocupada porque nuestro perro le quería comer. Le dije que iba a estar más seguro con su mami pues nosotras no podíamos estar siempre allí para protegerle. Con toda la inocencia del mundo, Fernanda me creyó ciegamente (como solo los niños pueden creer). Y hasta ahora está convencida que el pollito está en lo de su mami. Pobrecita Fer…. Todavía ni se dio por enterada de que estaba siguiendo la tradición familiar…